domingo, julio 26, 2020

Espero curarme de ti en unos días

En la sala de terapia, el tic tac del reloj en la pared me desconcentró. Llevaba interiormente las estrofas de Sabines: " Me tienes en tus manos, y me lees lo mismo que un libro.Sabes lo que yo ignoro y me dices las cosas que no me digo...."

Cerré los ojos mientras escuchaba la pregunta.

—¿Qué te reconforta?

Sentí la textura sebosa del sillón del paciente.

—Aparte de que me rasquen la espalda con uñas largas, la poesía.

La luz blanca del fluorescente caía sobre los anteojos de la doctora.

—¿Podrías recitarme alguna frase, estrofa o verso que tengas en mente ahora mismo?

—"Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día…"

Debo reconocer que la dinámica de ser paciente me estaba enloqueciendo, y eso que apenas llevaba tres de las seis citas programadas.

Había acudido más por curiosidad que por verdadera necesidad de ayuda. Quería observar a una profesional; sentía curiosidad morbosa por su comportamiento. Entrecerró los ojos por encima de los anteojos y me hizo sentir tonto, como si supiese que yo jugaba a que ella me creyera. A veces, uno termina analizando a su analista, y creo que ella también tiene sus propias necesidades emocionales.

Me siento un poco vulgar al pensar que la conquisté con una frase de poesía: "Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día…" Es un episodio tonto. ¿Por qué tuve que simular interés en ella, una mujer experimentada que finge inocencia? Incluso si le hubiera recitado una canción de Julión Álvarez, el resultado habría sido el mismo —su cama.

Al concluir la sesión, ella me pide:

—Anótame tu número de celular, por si acaso.

Esa tarde me doy cuenta de que hay infinitas formas de alcanzar la paz existencial y que al participar en la terapia, de alguna manera también la estoy ayudando a ella.

Más tarde, al pagar en el OXXO central, veo su mensaje de WhatsApp: "Amigos o ¿parchicuates?" Ignoro el mensaje hasta que me siento en mi banco favorito del parque, donde solía observar parejas felices, niños jugando y pájaros volando en libertad. Le respondo: "Llámame cuando puedas".

La llamada llega a las siete, mientras termino mi cuarta taza de café y hojeo una revista en el Italian Coffee.

—Dime que no fuiste tú, que tu hija o alguien envió un mensaje equivocado por error —digo.

—Jajajajajajaja. Y si fui yo, ¿qué?

—Supuestamente podrías llamarme por cualquier motivo relacionado con el proceso de sanación.

—Está bien. Entonces, ¿qué?

—¿Y qué? —insisto.

—Amigos o ¿parchicuates?, ¿ya olvidaste el mensaje?

Entre risas digo:

—Creo que eso amerita una discusión sobre el precio de las sesiones. Sal ahora mismo y encuéntrame en el parque bicentenario.

Me siento como en una película de Luis Buñuel, inmerso en realidades alteradas, o en una pintura de Rembrandt con sus dramáticos claroscuros. A lo lejos, un niño persigue un globo de helio que se eleva.

La lámpara de neón parpadeaba al ritmo de sus carcajadas cada vez que alcanzaba un orgasmo. En lugar de sentirme un Hércules victorioso, me reconocía como un Ícaro condenado, descendiendo sin remedio hacia el mar, con las alas desgarradas y chamuscadas por una luz que no perdonaba.

Me dejé arrastrar hasta una quinta y sexta visita, aunque en cuatro ocasiones anteriores había decidido desaparecer de su vida.

No sé qué estrategia usó el esposo para bloquear la salida con su camioneta, encajada entre el muro y la puerta de emergencia. Llevo un rato maldiciendo a Sabines —él me puso esos versos en la boca, y los versos me pusieron aquí— mientras percibo el olor a gasolina en el suelo.

Considero escabullirme por el techo de lámina, presente por suerte. Y en el instante que lo hago llega como una salida posible Sabines y  su "Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible."


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