Es sábado, hemos ido en familia a acompañar a mi hijo a
presentar un examen de admisión a un conocido instituto académico en el
municipio de Trinitaria.
En lo que concluye nos vamos a Comitán que está a una
distancia en tiempo de Diez minutos, o menos. Al llegar mis hijos vamos al
parque, a degustar las tradicionales viandas en el atrio de la plaza central.
Allí me dice la nena que la lleve a la librería Porrúa, yo le digo sí, pero
antes, tómame una foto, así como que no me doy cuenta, acá, bajo la sombra de
un nogal, frente al Centro Cultural Rosario Castellanos.
Compartí la foto en el Facebook y vamos a la librería, allí
desembolso la cantidad monetaria respectiva de tres libros, que mis hijos han
pedido, yo no pude darme el gusto de elegir ninguno. Nos metemos de nuevo al
auto y enfilamos de nuevo a Trinitaria.
Consulto el celular y
leo el mensaje de Guillermo en el WhatsApp. En él, me comparte su ubicación, y
escribe —Tengo café y desayuno, por si gustas: ¡Visítame! Le contestó que luego de recoger a mi hijo, volveré.
Una hora después, ya de nueva cuenta la ciudad, mientras mis
hijos recorren los aparadores de los negocios en el centro histórico, voy a su
encuentro.
Afable como siempre me recibe con un abrazo vigoroso,
caminamos y elogio su la belleza de su residencia, la amplitud de los espacios
es cinematográfica, el decorado es auténtico, una casona de aquellas de los
señores acomodados en el Comitán del siglo diecinueve.
Ya instalados, me comparte “Los viejos no me simpatizan,
siempre estoy juntándome con la juventud, de allí me nutro, de allí extraigo
nuevos aprendizajes, tenemos tanto que ponernos al corriente”.
Me cuenta que le preguntan sus contemporáneos—¿Por qué no
vienes al parque todos los días y te reúnes con nosotros para platicar? A lo
que él, les responde con prontitud: —Porque me aburre su plática.
Me lo dice y recuerdo un episodio ¿Qué leí, o vi en alguna
película?, donde una pareja de ancianas, no participaba del juego de mesa de los
demás en un asilo, y ellas con sequedad educada expresaban: “No jugamos, porque
no tenemos tiempo”. Y cuando sus cuidadores, le aclararon que allí tenían tiempo
para todo, ellas volvieron a afirmar: “No, no tenemos tiempo, es decir no nos
queda nada para desperdiciarlo, tenemos mucho que ver, que hablar, que caminar”.
Guillermo sabe que somos instantes, no podemos desperdiciarlo
en los recuerdos. Si, la memoria es buena, el pasado genial, las experiencias
han sido maravillosas, pero, siguen aconteciendo, hay tantas, están renovándose
como los peces en el estanque.
—Me choca la gente que dice “En mis tiempos” … y yo pienso
¿Cuáles tiempos? Mientras vives son también tus tiempos. Leo el periódico para
entretenerme, no para encontrar la esquela de algún conocido o la mía propia, y
derramar lágrimas de nostalgia. No podemos estar orillados, rezagados, apilados
esperando el cierre del telón.
Me comparte una gran cantidad de información. Es un
especialista en el manejo de datos para moldear tendencias de opinión y
construir liderazgos electorales exitosos. Su manera de conversar combina
asertividad, empatía y sencillez; el tiempo transcurre sin que lo perciba. Le
agradezco que, en esta época marcada por la prisa irracional de la
productividad, donde el ocio se desprecia y solo quienes poseen verdadera
riqueza se permiten el lujo de atender al otro, haya dedicado su atención a
este diálogo. Consulto el reloj y veo que ha pasado una hora y media, recuerdo
que tengo aún pendientes que resolver allá afuera. Nos despedimos.
—Vente con tu familia un día de estos, y les preparo una buena
recepción también para ellos. —Dice al despedirnos.
Confirmo: que bien me cae Guillermo.

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