No recuerdo exactamente cómo llegó a casa, quizás fue un
regalo de algún familiar o amigo, pero lo cierto es que "La Micifuz"
se convirtió en parte de nuestro hogar, como una princesa y reina.
Era una gata gris, mestiza, como la mayoría, con ojos claros
y serenos. Su expresión variaba entre la de una esclava necesitada y la de una
heroína de mil batallas. Ella era solo mía, me había elegido como su amigo.
Pasaba horas interminables cepillándole el pelaje,
acariciándole la barriga o simplemente contemplando sus bigotes.
Cuando regresaba de la escuela, se acurrucaba en mis
rodillas o en mis tobillos de forma terapéutica. Un mar de ronroneos nos
envolvía, como si nos perteneciéramos mutuamente. La alzaba del suelo como si
fuera un juguete, y sus ojos se encontraban con los míos, creando un bello
instante compartido.
Todo parecía sacado de un cuento, hasta que un nuevo
integrante llegó a nuestro hogar.
La llegada de la nueva integrante transformó nuestra
fantasía. Mi hermana recién nacida llenó nuestros corazones de ternura; de
repente, toda la atención se volcó hacia ella. Se convirtió en el centro de
nuestros pensamientos y movimientos.
Como todos, tuve que cambiar mis rutinas; la niña se
convirtió en la niña de mis ojos y en mi hermana.
La Micifuz, despechada pero dispuesta a perdonar, intentó
acercarse a mí dos o tres veces, o quizás muchas más, pero yo ya no tenía tanto
tiempo para dedicarle mimos, ya que prefería atender a la niña. No la estaba
evitando, simplemente estaba priorizando.
Entonces comenzó una batalla entre La Micifuz y la niña.
Intentó varias veces meterle la cola en la boca a la bebé, lo cual reprendí
inmediatamente. Luego, llegó a orinar en la ropa de la niña y a vomitar o
defecar en la cuna.
Como consecuencia de su comportamiento, la alejé con una
escoba. Esto provocó que La Micifuz desapareciera durante unos días; al
regresar, mostraba signos de desgaste: con legañas, delgada, ojerosa, dejó de
comer, perdió peso y pelo, deteriorándose lentamente. A pesar de las vitaminas
recetadas por el veterinario, su salud no mejoraba. Se acurrucaba en rincones
donde no la pudiéramos encontrar y, de vez en cuando, emitía maullidos
lastimeros.
En su último día, se escondió bajo mi cama, ensuciando el
suelo con sus heces y exhalando su último maullido. Así me enseñó una lección,
haciéndome comprender el afecto obsesivo que los animales pueden llegar a
sentir hacia nosotros.
No volvimos a tener gato en casa.

