En la sala de terapia, el tic tac del reloj en la pared me
desconcentró. Llevaba interiormente las estrofas de Sabines: " Me tienes
en tus manos, y me lees lo mismo que un libro.Sabes lo que yo ignoro y me dices
las cosas que no me digo...."
Cerré los ojos mientras escuchaba la pregunta.
—¿Qué te reconforta?
Sentí la textura sebosa del sillón del paciente.
—Aparte de que me rasquen la
espalda con uñas largas, la poesía.
La luz blanca del fluorescente caía sobre los anteojos de la
doctora.
—¿Podrías recitarme alguna frase,
estrofa o verso que tengas en mente ahora mismo?
—"Te quiero a las diez de la
mañana, y a las once, y a las doce del día…"
Debo reconocer que la dinámica de ser paciente me estaba
enloqueciendo, y eso que apenas llevaba tres de las seis citas programadas.
Había acudido más por curiosidad que por verdadera necesidad
de ayuda. Quería observar a una profesional; sentía curiosidad morbosa por su
comportamiento. Entrecerró los ojos por encima de los anteojos y me hizo sentir
tonto, como si supiese que yo jugaba a que ella me creyera. A veces, uno
termina analizando a su analista, y creo que ella también tiene sus propias
necesidades emocionales.
Me siento un poco vulgar al pensar que la conquisté con una
frase de poesía: "Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las
doce del día…" Es un episodio tonto. ¿Por qué tuve que simular interés en
ella, una mujer experimentada que finge inocencia? Incluso si le hubiera
recitado una canción de Julión Álvarez, el resultado habría sido el mismo —su
cama.
Al concluir la sesión, ella me pide:
—Anótame tu número de celular,
por si acaso.
Esa tarde me doy cuenta de que hay infinitas formas de
alcanzar la paz existencial y que al participar en la terapia, de alguna manera
también la estoy ayudando a ella.
Más tarde, al pagar en el OXXO central, veo su mensaje de
WhatsApp: "Amigos o ¿parchicuates?" Ignoro el mensaje hasta que me
siento en mi banco favorito del parque, donde solía observar parejas felices,
niños jugando y pájaros volando en libertad. Le respondo: "Llámame cuando
puedas".
La llamada llega a las siete, mientras termino mi cuarta
taza de café y hojeo una revista en el Italian Coffee.
—Dime que no fuiste tú, que tu
hija o alguien envió un mensaje equivocado por error —digo.
—Jajajajajajaja. Y si fui yo,
¿qué?
—Supuestamente podrías llamarme
por cualquier motivo relacionado con el proceso de sanación.
—Está bien. Entonces, ¿qué?
—¿Y qué? —insisto.
—Amigos o ¿parchicuates?, ¿ya
olvidaste el mensaje?
Entre risas digo:
—Creo que eso amerita una
discusión sobre el precio de las sesiones. Sal ahora mismo y encuéntrame en el
parque bicentenario.
Me siento como en una película de Luis Buñuel, inmerso en realidades
alteradas, o en una pintura de Rembrandt con sus dramáticos claroscuros. A lo
lejos, un niño persigue un globo de helio que se eleva.
La lámpara de neón parpadeaba al ritmo de sus carcajadas
cada vez que alcanzaba un orgasmo. En lugar de sentirme un Hércules victorioso,
me reconocía como un Ícaro condenado, descendiendo sin remedio hacia el mar,
con las alas desgarradas y chamuscadas por una luz que no perdonaba.
Me dejé arrastrar hasta una quinta y sexta visita, aunque en
cuatro ocasiones anteriores había decidido desaparecer de su vida.
No sé qué estrategia usó el esposo para bloquear la salida
con su camioneta, encajada entre el muro y la puerta de emergencia. Llevo un
rato maldiciendo a Sabines —él me puso esos versos en la boca, y los versos me
pusieron aquí— mientras percibo el olor a gasolina en el suelo.
Considero escabullirme por el techo de lámina, presente por
suerte. Y en el instante que lo hago llega como una salida posible Sabines
y su "Espero curarme de ti en unos
días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible."
