Me hallé en la XIII feria del libro de la Unach en Tuxtla Gutiérrez y lo primero que pienso, es que hay una gran inversión en el tema. Estantes de comida rápida, banderas ondeando el logotipo de sus marcas, suvenires, comida, conciertos, teatro, danza y libros.
Voy distraído, eso es normal en mí. Avanzo así desde que sé que nada de lo que escuche, vea, sienta o toque vendrá en un examen de conocimientos. Avanzo sin prisa, sin agenda. Ingreso a la gran biblioteca universitaria y reconozco las filas de estantes amarillos por su pasillo. Hay un minúsculo grupo de personas en torno a una mesita azul con el sello de la universidad en el mantel blanco, tres personas están comentando el libro que presentan, el público atento.
Claudia me ha escrito al celular, recordándome el lugar y la hora de la presentación de un libro de una escritora del Soconusco, acudo a donde me indica. El lugar es también una mini sala, pero si han de caber mínimamente 40 personas bien acomodadas, también hay hileras de estantes de libros bien acomodados. Antes he observado un pasillo dividido por una columna de una decena de bases que sostienen esculturas talladas en maderas, todas pulcras, en la pared de la derecha una infografía de los orígenes de la Unach y su evolución.
Descubro que hay en el edificio otras salas donde se están presentando al mismo tiempo otros autores y autoras, luego me percato que están ocurriendo al mismo tiempo en otras sedes lo mismo, lo cual me parece fenomenal. Comienzo a sentirme en un parque de diversiones estilo disneylandia. En la vocinglería escucho que está por allí en alguna sala el ganador del premio de novela Alfaguara 2026: David Toscana, Leonardo Padura, familiares del poeta Jaime Sabines, el historiador Carlos Navarrete, los connotados novelistas chiapanecos Mikel Ruiz y Alejandro Aldana y el poeta Balam Rodrigo.
Deambulo por los pasillos de la sala mayor instalada en el auditorio Manuel Velasco Suárez con una capacidad de aforo de más de mil personas, y saludo a algunos conocidos, allí me encuentro con la maestra que me asesoró la tesis a mi paso por la universidad, hace más de veinte años, nos tomamos algunas fotos, sigo recorriendo interesado en todo.
Llego a un escenario donde están conversando unos autores, llego cuando concluye. Veo el revuelo que se genera por ocupar los primeros lugares enfrente, hay personeros para que se sienten las autoridades e invitados de honor. Yo que no llego agenda, no sé de qué va la siguiente presentación, pero Claudia está muy bien acompañada de otras poetas muy atentas y expectantes, distingo en la concurrencia al maestro Carlos Navarrete que escribió hace 50 años un texto que habla de la Sierra “El Mariscal”, lugar de mi residencia y me acercó a expresarle mi reconocimiento. Me siento como si estuviese recibiendo el autógrafo de Luis Miguel, José José o el Capitán América. Él sorprendido me dice —¿Cómo estarán aquellos caminos que recorrí por el Malé, Bejucal de Ocampo y El porvenir? —Casi todos asfaltados. Le respondo y le propongo que vuelva un día de estos a pasear por allí. Me mira compasivo, bondadoso y agradecido. Suspira y me dice: —¡Lo platicamos!
Ocupé uno de los primeros asientos. El Rector Oswaldo Chacón Rojas preside el acto acompañado por la biógrafa del poeta Sabines, Pilar Jiménez Trejo, y el poeta Fernando Trejo. Se otorga un reconocimiento a los familiares de Jaime Sabines. En su discurso, el rector expresa que existe una deuda moral de las instituciones educativas con la trayectoria del poeta, una deuda que ahora se salda con la publicación de un libro editado con esmero, recopilando la mayor parte de sus poemas más populares.
La jornada nocturna concluye con cumbión en el Teatro Hundido, a donde se congregan los asiduos al baile.
Al día siguiente volví, con más confianza, decidido a comprar dos o tres libros, para mí o para mis hijos. Estuvimos con Claudia y el fotógrafo Martín Barrios en la presentación de Balam Rodrigo y su “Tañedor de cadáveres” después nos trasladamos a la Librería del Fondo de Cultura Económica a escuchar a poetas mujeres indígenas. Volvimos al lugar anfitrión y distingo en las gradas a Alejandro Aldana y su familia, relajados avanzamos hacia la cafetería y conversamos largamente sobre nuestros oficios y perspectivas. Me dice: —Que gusto estar acá y encontrar con gente que ama lo mismo y nos gusta lo mismo. ¡Aquí no somos raros!
En un abrir y cerrar de ojos, me sumerjo en una librería y adquiero entre tres y cuatro libros. Después, me dispongo para lo que vendrá a continuación: más charlas, más presentaciones, más artistas dialogando sobre el poder transformador de la lectura.
Recientemente participé en la presentación de un poemario en versión bilingüe, en castellano y Mam, de Víctor Hugo Roblero González. En dicha presentación, el autor logra preservar la esencia de la cosmogonía maya y subraya la importancia de guiarnos conforme a los preceptos de la educación ancestral que mantuvo un orden espiritual, en nuestras mentes, hasta la llegada de la posmodernidad.
Leer, escribir, pensar y vivir es un mágico cuadrado de experiencias que se retroalimentan. Todo esto reflexiono cuando abandono al anochecer la sede central de esta feria y me voy con sentimientos encontrados, triste porque me retiro antes de su clausura y feliz por haber asistido a la feria que nos merecíamos los lectores de Chiapas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario