domingo, agosto 25, 2019

NADIA




NADIA

Nadia Trinidad llegó una sola vez al taller literario de Rafael Ramírez Heredia, causó sensación en todos debido a su belleza, el  maestro fue condescendiente en forma reiterada, yo lo dejé actuar sabedor de que no podía arrebatarle ese placer que merecía por ser el dueño de… quiero decir el director del taller.

El taller duraría 6 meses, los viernes por la noche y la mañana de los sábados de cada quince días, yo era nuevo llevaban 4 sesiones. Nadia solo estuvo un sábado, y leyó un texto bastante pretencioso, demasiado increíble para su edad, yo dudaba si los elogios del Rayo Macoy era solo sarcasmo o en verdad sinceros.

Desde una esquina Arminda, la madre de Nadia escuchaba la lectura.

La siguiente sesión me le acerqué para preguntar por su hija, lacónica dijo: “Vendrá, pero no sé cuándo”. Los días posteriores  fueron insípidos; me hizo falta su  cabello enchinado, piel oscura, talle espigado, caderas anchas,  voz de niña perversa y sonrisa deliciosa de “ya ves que así soy”.

Me alegré de verla inscrita en la escuela donde yo trabajaba impartiendo la materia de introducción a las ciencias sociales,  como alumna, tristemente estaba concluyendo sus días de bachillerato.

Acudía impuntualmente los sábados, el trabajo me impedía llegar los viernes. Iba naturalmente con el deseo de sorprenderme con la presencia de Nadia, al no ocurrir saludaba cortésmente a Arminda quien una ocasión fue severamente reprendida por el maestro, diciendo que ya estaba cansado de encontrar en cada sesión la misma Arminda con la actitud marchita y el estilo meloso pasado de moda, “Arminda la Corin Tellado Chiapaneca”, que por favor intentara abordar otros temas.

Su solidaridad era extraordinaria para con  los novatos aprendices de escritores que  leíamos nuestros textos, compañeros de la masacre que ejercía Ramírez Heredia para señalar errores; salíamos cabizbajos apabullados por la extrema izquierda del salón, con intenciones de no volver, pero éramos animados por Arminda quien nos solicitaba el material leído y despedazado y consolaba diciendo: -“No dejes de venir, ven y seremos legión”. Yo no quería su amistad, pero me llamaba la atención su parquedad y…su hija.

Un día del otoño del 2003 cuando ya había terminado la lectura y crítica de cuentos, el maestro invitó a su selecto grupo  a la presentación de su libro: “La condición del  tiempo”; la cual sería en el bar nocturno  “El sapo cantor” me sorprendí de que me haya invitado, yo que no había destacado, dije habrá de querer que sea su conductor designado.

Esa noche volví a verla, inalcanzable entre tantos fotógrafos, sonreía del brazo del  Rayo. Cuando fui al baño me acerqué ella picaba entretenida las aceitunas del plato del autor, dije: - ¿Quién fuera el maestro, para estar cerca de ti?, sonrió y se vino conmigo casi a la salida, me dijo: - “Seremos amigos en el futuro, ahora no porque tengo una misión secreta”.  Pasada las horas y cuando el borlote había terminado, me ofrecí a llevar al maestro a su hotel, a Nadia y su madre, a su casa. Ramírez Heredia, si aceptó.

Las siguientes sesiones fueron menos intensas, el maestro había confiado en su más avanzado discípulo para conducir el  taller los sábados, había recibido la invitación para coordinar otro taller en Mérida Yucatán. Fernando no era de mis simpatías, por eso dejé de ir.

Un sábado por la tarde encontré en el parque cinco de mayo a Arminda, salía del centro cultural en el que recibíamos clases, había recogido como siempre los originales de cada autor,
-          ¿Por qué tan temprano?, pregunté
-          Hola ¡Qué milagro!
-          ¿Cómo estás?
-          El taller se pospuso porque ni el maestro, ni Fernando pueden cumplir. ¿Por qué ya no vienes?
-          La verdad tengo celos del buey ese que es sustituto del maestro.

Me vio con desdén, ella también sabía que la literatura exigía a veces combate, a veces resignación.
Cambié de tema:
-          Oye, ¿Y qué haces con los textos que les pides a los compañeros?
-          Los estudio, a fin de no cometer los errores que ellos tuvieron.

Iba a preguntar por Nadia cuando apresurada abordó el taxi que había pedido, despidió y dijo: “Tengo un cuento tuyo que le gustó mucho a Nadia, ven otro día para que platiquemos más”.

Días después fui invitado a trabajar en la Universidad del pacífico, Tuxtla me quedaría a más de 800 kilómetros, decidí aceptar y cambiar de residencia. Los años pasaron, resignado a no publicar, me conformé con ser solamente lector.

Ocho años después volvía a saber de ella, mientras hojeaba los libros de la editorial Alfaguara que ofertaban Wal-Mart, me llamó la atención “Soy touch” título del segundo libro de Nadia Trinidad, en la contraportada venía la foto de ella con el memorable Rayo Macoy, rasgué la envoltura de celofán para ver su interior, en la solapa venía el prólogo de Vicente Leñero diciendo: “Los textos de Trinidad son como lo sugiere su apellido, mezcla de sabiduría, sentimientos e información escrita con tal verosimilitud que lo convierte en crónicas de una ficción alternativa”

Dos de los textos eran míos, eran los últimos que leí aquellos días del taller, los había corregido unas cuatro veces, pero al no lograr la aprobación terminé por abandonarlos en manos de Doña Arminda.  “Se le nota las costuras” había dicho Ramírez Heredia. ¿Cuántos textos serán realmente de ella? Dudé y deduje que ninguno.

Pensé en un pretexto para buscarla; decirle: “Sucia plagiadora, sinvergüenza, mediocre, estafadora…” pensé decírselo a todos los que pudiera que sus cuentos menospreciados por el Rayo Macoy, formaban parte del volumen de cuentos “Soy Touch”, para ver quién de ellos le hacía el escándalo (que se merecía).

En realidad, yo solo quería volver a verla.

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