Poniatowska me
visita
Días antes de aquella nota roja, extrañamente publicada en la sección cultural del diario “El espectador”, el profesor de literatura en la universidad silenció a Miguel, augurándole ningún futuro en el arte literario.
Quedó lleno de un resentimiento inmenso, el mayor experimentado en sus 26 años.
Insisto: "Les daré tal demostración que demostrará que más maña que fuerza".
Fue durante uno de sus paseos por la recién inaugurada librería cuando finalmente se decidió... Se dio cuenta de que la hemeroteca contaba con excelentes textos históricos no disponibles digitalmente. Pensó: "Los que manejan este lugar no saben lo que poseen; ninguna obra en toda la librería nueva vale más que la colección de recortes de prensa. Son significativos para el estado, para el país e incluso para el mundo".
Arrugó el papel donde guardaba su manifiesto: "El éxito en la literatura actual, más que por su calidad, se debe a la farándula y la mercadotecnia; una simple combinación de veleidades". Practicó sus modales, su mirada, su tono de voz, sus gestos corporales y el argumento que expondría.
Un par de indigentes que trabajaban limpiando parabrisas en los semáforos lo encontraron cerca de la librería; les compartió su plan y pidió su ayuda para llevarlo a cabo. También había entablado amistad con un reportero, diciendo: "Tendrás la primicia cultural y el espectáculo fusionados en una noticia informativa. Será de interés para todos, te lo aseguro".
"Solo soy un ser humano deseoso de cambiar la percepción errónea del arte", declaró.
Suponía que su interlocutora le agradecería y lo respaldaría; "Ella será quien defienda mi causa", pensó en voz alta, experimentando una sensación mística. Dijo: “Es hora de la revancha, conocerán de mí a través de mi defensora”.
Una voz pronunció: “La señora Poniatowska ya está aquí”, y sus emociones se desbordaron. Recordó cómo unas horas antes, junto a dos cómplices, se infiltraron en la hemeroteca. Ante la sorpresa de los empleados, que fueron expulsados del lugar y obligados a dejar las llaves de acceso, llevó un anafre encendido y una garrafa de gasolina, amenazando con incendiar el lugar y sacrificarse como protesta por la incorrecta interpretación del arte literario en la actualidad.
Su única demanda era hablar con Poniatowska.
El manifiesto incluía algunas directrices generales: “Ante el deterioro del lenguaje en los éxitos literarios, es importante recordar que la expresión escrita es el vínculo sagrado entre el universo y los dioses. Nos corresponde amarlo más a nosotros mismos. Es por ello que proponemos, a través del movimiento literario Poniatowskismo, … uno, que nadie escriba si no conoce a los clásicos; dos, la soledad es necesaria para comenzar a escribir; tres, eliminar la poesía en favor de la crónica narrativa como único género reconocido”.
La señora apareció, su rostro impasible, avanzó hacia él y tomó asiento.
Nuevamente recordó la trayectoria de la señora, evocando su solidaridad con las causas sociales, su compromiso con los más vulnerables, sus crónicas sobre el respeto a los derechos humanos para las víctimas del narcotráfico, las mujeres asesinadas en Juárez o las prostitutas del barrio de La Merced, así como sus esfuerzos por dignificar el voto para elegir representantes populares. ¿Quién, sino ella, que había compartido tanta rabia e impotencia por las injusticias, podría entenderlo, redimirlo y llevarlo a la gloria, además de dedicarle su nombre al incipiente movimiento literario?
Miguel sintió un éxtasis en el ambiente, pero al mismo tiempo experimentó el mayor temor de su vida. Saludó y explicó la propuesta expresada en el escrito: “Revolucionará lo conocido hasta ahora en el ámbito de la literatura y el periodismo”. Elena asintió y pidió ver el texto mencionado.
Mientras ella leía, él seguía hablando de forma atropellada: “Soy solo un soñador, un escritor auténtico sin escritos, pero genuino. Gracias por escucharme. Quizás hoy hagamos historia. Por primera vez tengo la oportunidad de convertirme en el héroe literario que Chiapas, México y el mundo necesitan. Solo necesito que me apoyes, que estés de mi lado, querida Elena, que digas sí, que creas en él, que Miguel es honesto e inocente”.
- ¿Dónde guardas tus textos?
- “Por ahora, en mi cabeza”.
Se produjo un largo silencio.
Miguel imaginaba los titulares del periódico: “Nace un héroe”, “Poniatowskismo Sí” o “Simplemente haré arte”.
Miguel buscó en la mirada de ella, esperando el desenlace de su drama.
Elena se puso de pie para marcharse, pronunciando:
- Ya has tenido tu oportunidad, ahora retírate. Eres simplemente un pendejo, ni siquiera un gran pendejo, solo un pendejo... y debes enorgullecerte de ello, auténtico.
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