Bernardo Miguel solía exhibir su egolatría en la universidad, donde ambos estábamos estudiando: él un posgrado, yo una licenciatura.
Agitaba las manos con los ojos entrecerrados, hablando de metafísica en los jardines de la facultad, mientras su grupo de seguidores lo observaba expectante.
Decían que era un brillante poeta. Yo asentía.
El problema radicaba en que se negaba a relacionarse con personas que no lo adoraran como a una vaca sagrada. Años más tarde, tuve la oportunidad de conocerlo personalmente y confirmé que, en mi opinión, no era más que un farsante en el mundo de la poesía, aunque hábil en estrategias de marketing para promocionarse.
A pesar de tener talento, yo no estaba convencido de su actuación teatral como iluminado y profeta.
Ambos proveníamos de la misma región, con la diferencia de algunos años.
No me consideraba ni seguidor ni competencia; mientras él destacaba en poesía, yo me inclinaba más hacia la ficción, el ensayo y el periodismo.
Me había convertido en un ciberescritor. Es cierto que había tomado talleres de poesía, primero con un colombiano y luego con uno de Campeche, pero eventualmente terminé esa relación; lo abstracto simplemente no era lo mío.
Además de poeta, Bernardo era profesor. Un amigo en común intentaba convencerme de unirme a su séquito de admiradores, pero yo preferí mantener una amistad clara con un compatriota.
Sin embargo, mi paisano no estaba interesado en relacionarse con un narrador que era más periodista que escritor.
Durante una reunión en el centro cultural que fundé, mientras degustábamos arracheras, Bernardo hablaba de forma densa, como acostumbraba.
Entenderlo era todo un desafío y parecía disfrutar viendo nuestras caras de desconcierto, como si ascendiera al cielo al estilo de Jesucristo.
Le ofrecí participar en entrevistas en mi canal de redes sociales, pero nunca asistió. Fue gracias a la intervención de nuestro amigo en común que finalmente accedió. Durante las entrevistas, se reveló lo clásico y limitado de su pensamiento en el mundo literario.
Escuchaba con atención, no por sus palabras, sino por mi experiencia al estar cerca de semejante personaje. Mi vocación artística me llevaba a contemplarlo con interés.
No había nada nuevo bajo el sol; en esencia, era un individuo empeñado en ser amado, con un karma poderoso que lo obligaba a ser audaz e inalcanzable.
En diciembre, le envié una colección de películas de culto. En Semana Santa, un CD de música de lounge. Esperaba que en nuestro próximo encuentro fuera menos pretencioso, pero cometí un error que se repetiría cinco veces.
Finalmente, llegó el día en que la Fundación Cultural “1820” me nombró cronista honorario de mi ciudad natal. Cientos de periodistas buscaban una declaración mía, pues ahora formaba parte de la élite cultural, no solo de mi país o entidad federativa, sino de mi región. Para mala suerte de Bernardo, le tocó dar el discurso de honor.
Durante su discurso, declaró que yo era casi como un hermano para él, y mencionó algo bizarro sobre acompañarme al kínder cuando era niño, además de insinuar que yo me había inspirado en su persona para lograr mis conquistas. En ese momento, me levanté enérgicamente y me acerqué a donde estaba usando el micrófono.
Entonces, le rompí su madre.
