martes, septiembre 30, 2008

Sólo quiero llamar tu atención

Hoy me escapé. La clínica de rehabilitación no es el lugar para mí.

¿No sabes de qué soy capaz? ¿Acaso ves que no funciona, una simple orden de restricción?

Es cierto, tengo una deficiencia de dopamina, serotonina y adrenalina, me falta una sustancia. Y tú eres la que la genera cuando estamos juntos, discutiendo, peleando, haciéndonos daño o amándonos.

Hace un año te busqué por segunda vez y un policía te defendió. Tuve que huir. No fue tu culpa. No podías llamar a nadie, el que lo hizo fue el policía del almacén de enfrente. Por poco me atrapan.

Diosa Reyes. Un mal te hizo el que te asentó con ese nombre. Tuviste tantos pretendientes frustrados o afortunados.

No fue difícil arreglar este encuentro; incluso tu cuidador se puso de mi lado. Al principio se negó, diciendo que eso no era normal, que era mejor que te dejara, tal vez no estabas en condiciones. A mí no me importa si no estás "presentable".

Tengo un sentimiento que me desconcierta, tú podrías entender mejor que yo lo que me pasa. Solo dame veinte o treinta minutos. Sé que no he sido bueno expresándome. 

Es la tercera vez que vengo, pero sé que esta vez no terminará como las anteriores, esta vez no. Esta vez no cometeré ninguna tontería.

Solo quiero contarte mi versión de lo que publicaron los periódicos. ¿Cómo olvidar aquella noche en la terminal de autobuses cuando me pediste la franela roja acolchonada que vendían en ese autoservicio, porque tenías frío? Pagué 50 pesos por ella. Eras mi diosa. Íbamos a Toluca y desde que me prometiste hacer el amor en cada municipio del Estado al menos una vez, yo, como un perro de Pavlov, ansiaba esa promesa.

Cuando terminó la película en las mini televisiones portátiles que llevaban esos camiones, me buscaste. La suerte estuvo de mi lado, según yo. Ahora sé que estuvo más de tu lado que del mío. Hábilmente abriste la colcha y te la pusiste como un pareo, tenías unas botas gigantes que hicieron que tardaras en quitarte completamente el pantalón. Luego, sin prisas, subiste tu ropa al asiento, justo donde estabas sentada, y te sentaste sobre mis piernas, temerosa de que nos vieran los otros seis pasajeros esparcidos en los otros asientos. Cada curva era sensacional. Cada bache, bienvenido y agradecido. Ahora mismo deberías estar tan excitada como yo.

Después de unos días de ausencia, no entendí lo que sucedió. Me enteré en un conocido diario de tu compromiso con el aspirante a la silla presidencial.

Y sabes, no me importó en absoluto que anunciaras tu casamiento con ese tipo o con quien sea. Solo vine a decirte que esta vez no cometeré más locuras.

La obsesión de estar cerca de ti me llevó a buscar un trabajo en Tuxtla, a pesar de tener uno excelente en Tonalá.

En octubre de 2008, conocí la cárcel. ¿Te enteraste? Recuerdo haberte llamado y contado, solo para que fingieras no reconocer mi voz y colgaras.

Algo en mi cerebro falló cuando pasé por San Cristóbal, y de repente me vi encerrado en una celda, con los titulares de los periódicos diciendo que en la estación de San Cristóbal de la terminal de autobuses de primera línea habían detenido a un maniático sexual que, después de masturbarse, manchó a los pasajeros con líquido seminal. Al revisar sus pertenencias, encontraron accesorios eróticos, lubricante vaginal, una caja de pastillas azules conocidas como "viagra", cientos de fotografías y cartas firmadas por una conocida dama de sociedad y posible futura primera dama del gobierno, una terapeuta con magnífica reputación.

Cuando mi esposa me ingresó en la clínica hace apenas seis meses, fue porque encontró en mi celular la grabación del segundo encuentro aquí. Quería enloquecer, mi confinamiento no me permitiría venir.

Habíamos acordado que el amor que te daría sería más grande que mi razón. Yo solo quería seguir cumpliendo esa promesa.

Los periodistas son unos sensacionalistas, para mí, no hay ningún problema. Después de todo, cualquier comentario sobre mí es glorioso.

Si todo sale bien hoy, me largo para siempre y te borro para siempre de mi vida.

Discúlpame que te lo diga, pero después de año y medio ahora si ya hasta yo, ya te estoy viendo cara de muerta.