Sunday, November 28, 2010

LAS RAYAS DE LA CEBRA

Orgullo mexicano / Veronica murguía

Este gobierno que padecemos ha resultado muy contradictorio. Todo el tiempo se habla de la importancia de la educación y se hace muy poco para apoyar este rubro; durante su campaña, Felipe Calderón se autonombró “presidente del empleo” y nadie tiene trabajo; todo el día podemos escuchar anuncios cursis que ponderan la paz y el triunfo de la lucha contra el narco, como si ya hubiesen ganado y no existieran los 30 mil muertos que se han sumado hasta ahora. Ni se ve para cuándo podrían ganar una guerra que no se debe librar con rifles sino con educación, y entre los muertos se incluyen estudiantes del TEC, migrantes, mujeres que trabajaban en maquiladoras, transeúntes, niños y turistas.

El secretario de Economía afirma que la violencia no afecta las finanzas, y sí afecta hasta las mías; la de Turismo afirma que en el resto del planeta la gente quiere venir a que la asalten; el de Gobernación, que todo va de perlas. El país se polariza: por un lado existe un puñado de gente cada vez más rica, por otro, una mayoría aterrada, sin empleo seguro y entre dos fuegos, literalmente, el del gobierno y el narco. Si no, ¿cómo explicar las circunstancias de los incendios como el de la guardería ABC y el más reciente en una tienda Coppel? Por avaricia, por un lado, y el acatamiento resignado, por el otro.

Yo no sé si los funcionarios se creen sus mentiras. Yo no las creo y, además, me exaspera cómo manipulan el lenguaje para tratar de convencernos de cuánto aprecio nos tienen. Cuando, en los días anteriores al desfile del bicentenario, escuché al secretario de Educación hablar de la fecha inolvidable que se acercaba y lo que pensaba de quienes nos oponíamos a ese dispendio baboso, me dieron ganas de llorar. Era como escuchar a un niño presumir su fiesta de cumpleaños.



En la propaganda se insiste en ponderar las infinitas bondades de “el gobierno del presidente”. El gobierno, mucho me temo, es del país. Hasta donde sé, México es una República. Es decir, Felipe Calderón es el presidente del país, pero el país no es sólo suyo, es de millones de mexicanos y las decisiones no las toma en solitario. También hay Poder Legislativo y Judicial.

Dicha propaganda habla de las madres de familia como “mamás”; el presidente se dirige a nosotros como “amigas y amigos”; utiliza metáforas deportivas para explicar avances –o más bien anquilosamientos– respecto de las relaciones comerciales de México con otros países, y se refiere a la disidencia como “malos mexicanos”. El lenguaje y el tono conforman un estilo hipócritamente afable, de guante de hierro embarrado de miel, en el que los oyentes quedamos reducidos a niños cómplices o adultos resentidos, pero en el que se cancela la posibilidad de criticar y ser escuchado.

No somos mexicanos nada más. Somos, siempre, “orgullosamente mexicanos”. Habría que explicarles a los publicistas e ideólogos (que para el pan son, tristemente, lo mismo) que uno no debe enorgullecerse por el hecho azaroso de haber nacido en el país que fuere. México es un lugar muy bonito, pero ni sus playas, bosques o desiertos fueron hechos por partido político alguno, diga el PRI lo que diga. El clima es genial, pero enorgullecerse de eso es como pedirle a un esquimal que se avergüence del frío que hay por su casa y despreciar a un saharauí por el calorón que tiene que soportar. El ambiente en México es difícil. Es un país violento, corrupto y pobre, en el que el gobierno miente todo el santo día, donde abunda la basura, la caca de perro infesta las banquetas y la gente maneja como si el peatón fuera un enemigo. No es fácil estar orgulloso, lo natural es estar muy preocupado.

El léxico exiguo y mal usado, el tosco repertorio en el que se mezclan terminologías de guerra con chistes insípidos, la ignorancia exhibida como una cualidad que une al funcionario con el ciudadano de a pie, esto lo vimos antes, toda proporción guardada, en Estados Unidos. Un gobierno impopular comienza una guerra mortífera contra un enemigo difuso. De ahí la disidencia acusada de insidia; la tramposa apropiación de los logros sociales; el individuo común y corriente atosigado por la dulzarrona propaganda que le asegura que su amigo el presidente hace todo eso por él. Alrededor del ciudadano, la vida cotidiana se degrada, se violenta, se opaca. Los muertos se amontonan en las fosas. El presidente, orgulloso, pretende subirse el sueldo.

Ya ni la burla perdonan

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