Sunday, March 27, 2005

Como Cerdos Celebramos

Esdras Camacho

Como cerdos celebramos cerramos ciclo, como cochinos copulamos, cantamos, caminamos comemos, contestaremos como... etcétera --- soltó unos espacios y continuó anhelando inspirarse verdaderamente para escribir el cuento. No es que fuera un subtipo de obsesión pero desde que hacía una semana había visto el cuento de: “Descubrir que sueño”, firmado por su antiguo amigo, Felix Lepe, excompañero de escuela, trovador, filosofo y quiensabequé, a Patricio le entró una especie de envidia, pues no podía permitirse que le ganara a publicar cuentos, porque años antes se habían prometido tener como código publicar algunos cuentecillos dispersos en algunos medios para demostrarse su camaradería a pesar de la distancia; pero parecía que la abulia le había cercenado su talento. Se vio escuálido como un cerdo lampiño que jadea, gime y gruñe sobre, debajo, atrás arriba y en medio de una herida punzante que lo jala a lo profundo. La penetración de la reproducción vista como el más horroroso de los espectáculos; ni siquiera espectáculo porque para serlo tendría que existir espectadores vivos y eso era lo que le horrorizaba más que nada. Patricio ahogaba sus sonrisas de pensar que una de sus "suertudas" le había confesado que tenía nombre de actor italiano de películas porno, mientras poco a poco casi recobraba la conciencia y creía escuchar la nueva voz que por tercera vez le decía: ¡año nueva: cogida nueva!. Ahora si era un hecho, él se debatía en la coyuntura de abandonarse a lo que con mesura siempre meditó. hacia por lo menos 10 años que se mortificaba de no ser un amante sagaz, es más de ni siquiera se un amante, pero le producía una excitación sostenida leer las narraciones de Henry Miller, Geovanny Bocaccio, el Marqués de Sade, un tal López Arévalo y un Vladimir Zapata. Jamás había reparado que podría angustiarle más de la cuenta verse frente a una situación que no era ni lo uno ni lo otro, pues por una parte anhelaba realizar los actos concupiscentes de manera delicada y por otra se preguntaba si en realidad podría combinar todo su amor de un niño de ocho años sorprendido haciendo actos inmorales con su vecina o la de un hombre ya enterado del amor, de los poemas con llantos sosegados, de las poses románticas y sutiles que tanta fama le habían provocado con las demás, pero que nunca supo lo que practicaba. Ahora la permanencia involuntaria, decidir si entrar o salir de ese convite a las sucias practicas de las artes amatorias, era una hembra la que mencionó “estoy lista” y no era lo mismo que leer “estoy en línea” aún así se contuvo o creyó contenerse para recobrar la concentración, detenerse como a punto de soltarse hacia lo que podría ser un vuelo de cuatro alas o un amarre desde una cima. Descubría entonces que la carne no entiende de sueños y vive en el desamparo de lo inmediato, de lo instantáneo y que la energía se fuga a través de ella, que lo único que no muere es el alma... mientras tenga algo que decir la vida será infinita y la muerte sólo una palabra en desuso. En el más amplio sentido de la palabra se sintió estúpido, buena hora era aquella para ponerse a filosofar, quiso entonces adoptar su pose de hombre frágil, hombre meloso, principesco que se atemoriza con la premonición de una tormenta, sin embargo sus instintos hicieron que su bisutería intelectual se fuera como un lejano portazo y viera la oportunidad de que su bajo vientre ser renovara o muriera, en sí renovarse o morir lo había leído en un título de otro libro. Imaginó sus vísceras todas ellas energetizadas a la espera de entrar en acción. Se había propuesto aumentar progresivamente dos empellones más, dos arremetidas a la hora de la hora. Era su proeza, había comenzado cuando logró sin inmutarse dar treintaiseis, ahora ya le tocaría llegar a las ochenta y cuatro. Toda experiencia es ninguna con tanta desazón en el cuerpo irreconocido, quiso levantarse por un trago, pero sus neuronas no obedecieron, recordó que su polaridad de ponerse serio y ser a la vez la hiedra a la hora de intimar requería sentirse embebecido, aquella hembra escupía fuego y ochambre. Su lengua era un nudo, su morada la habitaban todos los dioses desolados. por no querer que esa experiencia resultara más satisfactoria de lo debido se puso a recrear lo más grotesco de una entrega...sus pestañas embarradas de un jugo que no reconoció como suyo, un polvo de vértebras le cosquilleaba los pies, un revoltijo de flemas le golpeteaba, le apretaban las manos, un sopor en la epidermis que no atinaba a aflorar, una turba de hormigas iracundas le llenaban de semen el cabello, el balaba, y gozaba (fumando y riendo), como loas sus retoños se agolpaban en el tubo de su miembro dispuestos a hacer sus acrobacias. a estas alturas le pareció inoportuno levantarse a apagar la luz. Lo chispeante de su embeleso mucho tenía que ver con su mirada. Quien sabe de donde le venía este ímpetu, este asco delicioso, el ataque entre dos que se expandían y se contraían a su antojo, aquello sería una maravilla de enemistarse ambos. Se vio hacer el largo recorrido, comprando el ejemplar, envuelto en celofán, despegar el precio sentarse, arrepentirse por haberlo abierto en la pagina 367 en donde un personaje decía: año nuevo, cogida nueva. Se mortificó entonces de que le sucediera otra vez lo que tanto pretendía evitar, leer anticipadamente aunque sea un fragmento de una obra literaria. Apachurrado, avergonzado, abruptamente alzó la vista en busca de testigos de su devaneo, de ese letargo. Suspiró feliz de no compartir su contrariedad con alguien; pero también se arrepintió de que no fuera él, el otro, el personaje o el autor, pero no el lector. De un click cerró definitivamente la pantalla... Peces parecemos, pero perros presididiarios piden paz, pensó pepe pica pompa, panza pechuga pondremos.

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